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Sunday 12 July 2020
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TECNOLOGÍA: SOBERANÍA TECNOLÓGICA Mingalab, un laboratorio de Lanús que forma a estudiantes sobre fabricación digital

SOBERANÍA TECNOLÓGICA

Mingalab, un laboratorio de Lanús que forma a estudiantes sobre fabricación digital

El laboratorio de la Universidad Nacional de Lanús transita su décimo año de existencia con el desarrollo de nuevas aplicaciones de impresión 3D y ofrece visitas guiadas para que las personas descubran cómo un archivo digital se vuelve un objeto material.

Con el foco puesto en la soberanía tecnológica y la cultura del hacer, el laboratorio de innovación en tecnologías de fabricación digital MingaLab, de la Universidad Nacional de Lanús, transita su décimo año de existencia con el desarrollo de nuevas aplicaciones de impresión 3D y ofrece visitas guiadas para que las personas descubran cómo un archivo digital se vuelve un objeto material.

«Hoy estamos trabajando con dos posibles desarrollos en lo que respecta a aplicación de impresión 3D: un modelo de vértebras para una operación de columna de un paciente joven. Y por otra parte, uno de nuestros estudiantes que tiene que operarse por un quiste en un maxilar inferior, está generando una pieza de su propia boca para mostrarle al odontólogo», contó a Télam Andrés Ruscitti, docente y coordinador del MingaLab.

Este laboratorio de fabricación digital arrancó en 2007, con la creación de la carrera de Diseño Industrial en la UNLa, y tuvo su primera etapa de compra de equipamiento: una prototipadora rápida, (otro nombre que tenían las impresoras 3D hace unos años), una freezadora y un escáner, recordó Ruscitti.

«En 2012, decidimos dar un paso más porque lo que habíamos hecho hasta ese momento era comprar tecnología importada y aprender a usarla. Por eso nos propusimos investigar sobre el desarrollo tecnológico con la idea de ir hacia la soberanía tecnológica y construir nuestras propias máquinas», remarcó el coordinador de MingaLab, que desde 2015 se trasladó desde la universidad hasta el espacio Abremate, también en Lanús.

@fotoD@ El MingaLab también surgió en el marco de la aparición en el mundo de los llamados «fab-lab» (del acrónimo del inglés Fabrication Laboratory), que son laboratorios de innovación inspirados en la cultura «maker» (del hacer).

Sobre la base de esa filosofía, los estudiantes y docentes de ese taller empezaron a construir sus propias impresoras 3D, todas de código abierto y de bajo costo (su valor ronda entre los 20.000 y 25.000 pesos y se pueden comprar armadas o desarmadas), afirmó Ruscitti, y destacó que hoy existen tres empresas nacionales que fabrican insumos de uso de buena calidad para esas máquinas.

Así, a través del trabajo colaborativo y el financiamiento propio y de la universidad, el MingaLab no solo brinda formación en fabricación digital a los estudiantes de la universidad sino que también está llevando a cabo una investigación en el Conicet para desarrollar tecnología de impresión 3D en cerámica.

Este es un espacio mágico y ofrece una manera diferente de aprender. Casi siempre la escuela tradicional maneja teórico y práctico, en este caso es práctico y práctico

JÉSSICA ROUDE, DOCENTE DE MINGALAB

«Este es un espacio mágico y ofrece una manera diferente de aprender. Casi siempre la escuela tradicional maneja teórico y práctico, en este caso es práctico y práctico», consideró Jéssica Roude, docente de MingaLab y becaria doctoral en la Comisión de Investigaciones Científicas sobre el diseño experimental y el reciclado de plásticos para impresión 3D.

Pero el laboratorio no solo es un taller, también y en articulación con el espacio Abremate, ubicado al lado de la Universidad, ofrece visitas guiadas los sábados por la tarde a escuelas o grupos de personas -que se contacten previamente- interesadas en aprender sobre ciencia y tecnología.

«Son recorridos interactivos a través de módulos con un objetivo pedagógico: hacer comprensible un principio científico o tecnológico. La visita además tiene un sentido histórico que va desde máquinas simples, como poleas o palancas hasta electromagnetismo, pasando por contenidos de la biología», relató Ruscitti.

En las visitas, las personas se pueden subir a pequeños globos aerostáticos, entrar dentro de un ojo y ver cómo se proyecta, ingresar a un coche que se activa con energía lumínica y conocer el módulo de impresión 3D llamado «de los bits a los átomos».

Éste último es el más novedosos dentro de las visitas y su importancia radica en la revolución que la impresión 3D está causando en el mundo a partir de sus aplicaciones, no solo por sus resultados sino por la posibilidad de armar las máquinas a bajo costo.

«Antes, existían maquinarias muy costosas para la fase de desarrollo industrial que se llamaban de prototipado rápido y las tenían empresas como la Nasa o la Boeing», contó el coordinador, pero ahora es posible que cualquier compañía manufacturera las adquiera.

«La impresión 3D en su uso tradicional -para el desarrollo de modelos, los prototipos y de ayuda a la matricería- cada vez más se está difundiendo en la PyMes. Por eso es cada vez más común que cualquier manufacturera antes de fabricar algo por lo menos haga un prototipo impreso en 3D», destacó.

Si bien algunas empresas ya cuentan con este servicio al comprarse las máquinas y capacitar a personal, existen otras que tercerizan el servicio «por lo que estudiantes y graduados de la universidad están trabajando para ofrecerlo», señaló Ruscitti con respecto a la salida laboral que ofrece la impresión 3D.

«De entre mis más de 20 alumnos de Diseño Industrial, este año ya hay cinco que tienen una máquina en su casa. Pero como con toda tecnología disruptiva, siempre hay expectativas falsas», comentó Ruscitti.

En este sentido, remarcó que «las tecnologías no vienen solas» ya que «tienen una ideología detrás». En relación a ello, sostuvo que «lo importante es cómo se apropia socialmente un desarrollo tecnológico», donde entran «las leyes de la economía y de la sociedad».

«Cuando se dice que las máquinas van a reemplazar el trabajo de las personas es una discusión mucho más amplia», consideró, y sostuvo: «Hay dos fuerzas en este sentido. Una tiene que ver con la concentración de la propiedad de la tecnología y por lo tanto el poder de decidir cómo y dónde se fabrica, con qué mano de obra y cuánto vale. Y después hay una tendencia más emancipadora que pretende democratizar el conocimiento».

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